martes, mayo 30, 2006

Una de las últimas cartas de Bolívar (No el de Chávez)


Querida prima:
¿Te extraña que piense en ti al borde del sepulcro?
Ha llegado la última hora; tengo al frente el mar Caribe, azul y plata, agitado como mi alma por grandes tempestades; a mi espalda se alza el macizo gigantesco de la sierra con sus viejos picos coronados de nieve impoluta como nuestros ensueños de 1805.
Por sobre mí, el cielo más bello de América, la más hermosa sinfonía de colores, el más grandioso derroche de luz.
Y tú estás conmigo, porque todos me abandonan; tú estás conmigo en los postreros latidos de la vida, en las últimas fulguraciones de la conciencia.
¡Adiós Fanny! Esta carta, llena de signos vacilantes, la escribe la mano que estrechó las tuyas en las horas del amor, de la esperanza, de la fe.
Esta es la letra que iluminó el relámpago de los cañones de Boyacá y Carabobo; esta es la letra escrita del decreto de Trujillo y del mensaje del Congreso de Angostura.
¿No la reconoces, verdad? Yo tampoco la reconocería si la muerte no me señalara con su dedo despiadado la realidad de este supremo instante.
Si yo hubiera muerto en un campo de batalla frente al enemigo, te dejaría mi gloria, la gloria que entreví a tu lado en los campos de un sol de primavera.
Muero miserable, proscripto, detestado por los mismos que gozaron mis favores, víctima de un inmenso dolor; presa de infinitas amarguras. Te dejo el recuerdo de mis tristezas y lágrimas que no llegarán a verter mis ojos.
¿No es digna de tu grandeza tal ofrenda?
Estuvistes en mi alma en el peligro, conmigo presidiste los consejos del gobierno, tuyos son mis triunfos y tuyos mis reveses, tuyos son también mi último pensamiento y mi pena final.
En las noches galantes del Magdalena ví desfilar mil veces la góndola de Byron por las calles de Venecia, en ella iban grandes bellezas y grandes hermosuras, pero no ibas tú; porque tu flotabas en mi alma mostrada por las níveas castidades.
A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las últimas congojas apareces ante mis ojos de moribundo con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas y en tu voz escucho las dianas de Junín.
Adiós, Fanny, todo ha terminado. Juventud, ilusiones, risas y alegrías se hunden en la nada, sólo quedas tú como ilusión serafina señoreando el infinito, dominando la eternidad.
Me tocó la misión del relámpago: rasgar un instante las tinieblas, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderse en el vacío.

Santa Marta, 6 de diciembre de 1830.

Esta carta de Bolívar, su estilo, unido a los cascabeles de la muerte anunciante, pero, aún así, sacando la fuerza poética que acaso se exalte ante la cercanía del final.
Ante la certeza del fin.

6 Comments:

Blogger Reaño said...

hace un tiempo publiqué esta carta de Bolívar en mi blog... pero, personalmente, la siento, hoy, muy cerca...

12:19 a. m.  
Blogger Anavi said...

Ayyy Ernesto, no la habia leído nunca, no la conocía...qué lindo! Como dije en mi blog, qué lindo que es sentirlos "humanos", como nosotros. Que poesia y que amor incluso en el umbral de la muerte!
Me encantó!

2:06 a. m.  
Blogger mahaya said...

Indudablemente es un texto bellisimo

11:49 a. m.  
Blogger Marga said...

Es preciosa, sincera y rota... da pena pensar que sólo cuando nos vemos al borde de la desaparición somos capaces de mostrarnos vulnerables y auténticos, tal como somos... hasta Bolívar!, claro...

12:16 p. m.  
Blogger amelche said...

Sí, muy bello.

2:52 p. m.  
Blogger Robotrix said...

La certeza del fin es la madre de todas las certezas... es sinónimo de melancolía, de tristeza, de lucidez y de la razón...

10:52 p. m.  

Publicar un comentario

Links to this post:

Crear un enlace

<< Home